jueves, 19 de octubre de 2017

Fragmento de: Rebeldes

Os dejo algunas páginas de Rebeldes, novela fantástica urbana que escribí este verano.

Introducción

Jersey miraba con los brazos cruzados y el ceño fruncido a su hermano mayor, Christian, de diecisiete años. Era de noche y tras él aguardaban cuatro chicos más, que no dejaban de apremiarlo.
—Vamos, Chris, espabila. ¡Deja de hacer de canguro por un día!
—Jers, sólo será esta noche —se disculpó Chris, arrodillándose frente a ella—. Necesito pasar un rato con mis amigos. Vuelve a casa, ya eres mayor para ir sola, ¿verdad?
—Quiero ir con vosotros —replicó la niña.
—Te prometo que mañana pasaremos el día juntos, pero hoy quiero pasarlo con ellos. En unos años, me comprenderás —dijo, dando por terminada la discusión y dándole un beso en la mejilla—. ¡De vuelta a casa, Jersey!
La niña asintió y se giró. Estaban en las afueras de la ciudad, a cierta distancia de un puente que la guiaría a su casa, mientras que a su espalda, su hermano se adentraba en el bosque con sus amigos.
Dominada por la curiosidad, esperó unos segundos y siguió a Chris. No se alejaron mucho, deteniéndose en un llano donde cuatro de ellos tomaron asiento formando un cuadrado, mientras que otro quedó en el centro, en pie.
—¿De verdad lo has traído? —preguntó James, el más joven con quince años, mirando a Jay, quien sin duda, era el líder—. ¿Has sido capaz de robárselo a tu padre?
—Sí, una de ellas y es increíble, ¡mirad!
Desde la distancia, Jersey miró como mostraba una caja de cristal, donde en su interior se agitaba una especie de humo negro.
—Parece muy agresivo —expresó Chris, con el ceño fruncido—. Deberías haber escogido uno más pequeño.
—No seas cobarde —gruñó Tristán, el cuarto del grupo—. Con esa actitud nunca formaremos parte de los Guerreros.
—¡Dejémonos de cháchara! —bramó Bill—. Llevamos semanas hablando de esto. ¡Quiero empezar ya!
El grupo dejó de hablar. Jay, situado en el centro, dejó la caja en el suelo. Cerraron los ojos y todos pronunciaron las mismas palabras:
—¡Etarebil, amla, etarebil!
La caja se hizo pedazos y de su interior surgió un espeso humo negro. Asustada, Jersey observó cómo las manos de su hermano, Tristán y Bill brillaban, mientras que Jay no dejaba de conjurar palabras, pero fue James quien rompió la concentración del grupo al ponerse en pie.
—¡Vuelve a la formación! —gritó Chris—. Regresa a tu sitio.
James no obedeció y echó a correr. Chris se puso en pie; la mirada de su hermana estaba fija en su mano derecha, que brillaba con intensidad, como si estuviera controlando una pequeña estrella, pero lo que estuviera preparando, no funcionó. La criatura se lanzó sobre el chico; el humo había adquirido un aspecto grotesco, con largos brazos terminados en garras que se cerraron alrededor de la garganta de Chris.
Tanto Jay como Tristán y Bill siguieron los mismos pasos de James, pero no llegaron muy lejos. De la figura negra surgieron ramificaciones, cuan tentáculos, que envolvieron a los chicos hasta hacerles crujir los huesos, lo que provocó que Jersey gritase asustada.

1
¡Despertar!

A Jersey la despertó su respiración acelerada debido a la intensidad del sueño. Agotada posó su mano sobre su frente, mientras se la masajeaba con intención de tranquilizarse. Hacía cinco años de aquel suceso, de la muerte de su hermano, amigos y muchos más.
Por entonces tenía doce años y ahora contaba con la misma edad que Christian cuando murió. Sabiendo que le iba a ser imposible conciliar el sueño, se puso en pie. Eran las cinco de la mañana, podría correr dos horas antes de volver y arreglarse para ir a clase. Pero antes echó un vistazo a la ventana; lloviznaba levemente, una de las típicas tormentas de primavera que tan frecuentes se habían vuelto últimamente, pero lo que más le llamó la atención fue la criatura que vio en la vivienda de enfrente. De aspecto oscuro, como una bestia salvaje, trepaba por la pared, hasta que su cabeza giró por completo fijando sus cuencas rojas en ella. Tenía una alargada cabeza con una gran mandíbula llena de colmillos y una larga lengua que se desliaba entre ellos.
De repente la bestia saltó hacia la ventana de la estancia de Jersey y se vio cara a cara con el engendro: sólo el cristal los separaba.
—No es real —susurró mientras cerraba los ojos—. No es real. Cuenta hasta cinco y desaparecerá. Uno…dos, tres…
En el tejado de la casa de Jersey la situación era muy diferente. Una persona estaba allí, de pie, sin importar el peligro que corriese. Era Christian, el hermano de Jersey… o más bien su espíritu: un joven convertido en fantasma por la culpa que sintió al quedar desamparada a su hermana ante la realidad que le esperaba.
—Eh, chupóptero —gritó desde el borde del tejado, dirigiéndose a la bestia—. ¡Aléjate de mi hermana!
La criatura comenzó a trepar hasta él, pero Chris ya estaba preparado. Su mano derecha brillaba, emitía un ligero calor y cuando la bestia se le lanzó, le introdujo el puño en la boca. Toda la criatura emitió un largo destello antes de explotar.
—¡Condenados engendros! —murmuró, antes de desaparecer y hacerlo en la habitación de su hermana. Ya se estaba vistiendo para salir a correr; lucía unos leggins negros y una sudadera rosa. Además había recogido su largo cabello dorado en una coleta y durante un instante, su mirada, de un intenso gris, se fijó en él.
—Me pregunto dónde vas cuando duermo, ¿qué hace un fantasma cuando no vela por su humano?
—No me gusta que te refieras a mí como fantasma —replicó Chris, mientras se dejaba caer en la cama—. Soy tu protector, una especie de ángel guardián.
—¡Eres un fantasma, Chris! Quedaste atrapado en este mundo por tus remordimientos.
En efecto, Jersey tenía razón. La joven no lo recordaba todo y su padre se había encargado de contarle una historia muy diferente a lo que sucedió aquella noche… la gran tragedia que él y sus amigos provocaron. Y sí, los remordimientos le habían convertido en un alma errante que no hallaría descanso hasta ver cumplido algunos propósitos. Chris aún no estaba seguro de cuáles serían, pero se consideraba responsable del cuidado de su hermana, mucho más desde que su padre la arrastrase al mundo real y tanto él como Jersey intentasen llevar una vida como la de cualquier humano… cuando no eran así.
Pertenecían a un Clan llamado “Los Guerreros” humanos dotados con habilidades especiales, entre ellas la de ver a fantasmas y espíritus atrapadas en el plano que no les pertenecía. A algunas se les guiaba con facilidad, pero otros eran peligrosos, dañinos, que se aferraban al mundo de los vivos.
—Hace una mañana de perros, ¿por qué no te vuelves a tumbar y duermes? —preguntó Chris—. No sé cómo tienes ánimos para salir a correr a estas horas, con lo bien que se está en la cama.
Jersey lanzó un vistazo a su hermano. Era ligeramente trasparente, podía ver a través de él y una luz dorada le envolvía. Al contrario que ella, se había quedado estancado en la edad que tenía cuando murió. Es decir, tenía diecisiete años; vestía ropa propia de la moda de cinco años atrás, además de un horrible piercing que le perforaba la ceja izquierda, el cual no le sentaba bien. Tenía el cabello de un bonito rubio dorado, lleno de hondas, que le formaban una maraña en su cabeza. Compartían color de ojos; grises, pero los de él eran más oscuros y sus rasgos no eran tan finos como los de Jers. Tenía un prominente mentón donde asomaba un hoyuelo y una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda y terminaba en el puente de la nariz.
—No tienes que acompañarme. Quédate en la cama, descansa y duerme, o lo que necesitéis los fantasmas —añadió con sarcasmo.
Chris llevaba cinco años acompañando a su hermana de manera fantasmal y ella ya lo había aceptado. Cuando se le apareció a los pocos días de su muerte, corrió a darle la noticia a su padre, quien la tachó de mentirosa, además de comenzar una serie de terapias muy agresivas. No debían olvidar que ella y su padre no eran humanos comunes y corrientes.
Su padre siempre había estado orgulloso de lo que eran, hasta que él y sus amigos provocaron la gran catástrofe. Entonces decidió abandonar el Clan y llevarse con él a la pequeña, a quien sometió a personas con capacidades especiales para que le modificasen la mente. Aun así, se le siguió apareciendo una y otra vez, hasta convencerla de que era un fantasma y que lo mejor para ella, era mentir, y decir que había dejado de verlo.
—No tardaré, a las siete estoy de vuelta. Son los últimos días del instituto y no puedo faltar. ¡Tengo los exámenes finales!
Chris refunfuñó y la vio salir. Después, al asomarse a la ventana, observó cómo se cubría la cabeza con la capucha y empezaba a correr. Él aguardó media hora en la estancia, hasta escuchar revuelo en el piso inferior y fue derecho a la cocina. Encontró a su padre frente a la cafetera, taciturno, más delgado de lo habitual y con unas grandes ojeras bajo sus ojos. Había envejecido muchísimo en los últimos cinco años; su pelo había encanecido por completo y se le estaba empezando a caer.
Decidido se dirigió a él, a pesar de que los encuentros entre ambos no eran muy agradables, y se dejó caer a su lado.
—Un chupóptero se ha lanzado sobre la ventana de Jersey. Es evidente que huele que pertenece a los Guerreros, la considera una amenaza y hará lo que sea para matarla. Afortunadamente mi luz acabó con él…  Creo que estos bichos han aumentado en los últimos meses… no sé, tú estarás más informado sobre su situación.
A pesar de las palabras de Chris, su padre le ignoraba y tras servir el café y prepararse una tostada, tomó asiento frente a una mesa que decoraba el centro de la cocina.
El joven golpeó la mesa. Para hacerlo necesitaba una gran concentración. Le había llevado años mover objetos o golpear a personas, pero lo había conseguido.
—Estás poniendo en riesgo la vida de tu hija. Maldita sea, despiértala de una vez y que empiece su formación. ¡No huirás para siempre! —gritó—. Joder, háblame, grítame, pero di algo.
—Tú nos condenaste a esta vida —dijo Clarence, alzando la vista—. Y si no estamos seguros aquí, me llevaré a Jersey a otro lugar, pero la vida de los Guerreros se ha acabado para mí y ella no la conocerá nunca.
—Era un puñetero crio que cometió un error, pero tú eres un adulto y vas a poner en riesgo a mi hermana.
—¡Un error! —gritó poniéndose en pie—. ¡Tu madre murió! Muchos de mis compañeros también lo hicieron. No considero un error al hecho de que los idiotas de tus amigos y tú tuvierais la necesidad de demostrar algo para lo que no estabais preparados —confesó enfadado—. Y no puedo perdonar tu soberbia y lo que tu ego te llevó a hacer. ¡Te eduqué de otra manera! —gritó—. Te eduqué para llevases nuestro apellido con orgullo, para que fueras consciente de lo que conllevaba ser un MaGewen, no para ser un niño mal criado encaprichado con aquello que le prohibían. Ese día no sólo murió mucha gente, sino que creaste una herida difícil de curar en el Clan y ahora, ¡vete de mi casa, fantasma! —gritó, señalándole con la mano.
Chris sintió un destello dorado en el pecho que lo lanzó hasta la calle, donde rodó y se quedó tumbado hasta recuperar el aliento. Puede que su padre hubiera abandonado el Clan, pero aún seguía haciendo uso de su magia, lo había echado y hasta que no se le pasase el enfado, no podría entrar en la vivienda.
Tras soltar una maldición, echó a correr en la misma dirección que Jersey, con la esperanza de encontrarla.


En el interior de la vivienda, Clarence, padre de Jersey y Chris, sollozaba sobre la mesa. Sólo tenía a Jersey, a su querida hija, y no deseaba exponerla a ningún peligro, pero lamentablemente, Chris tenía razón. Si no la despertaba, puede que no sobreviviese mucho más.
Pero todo su pesar desapareció al sentir una punzada en el pecho. Conocía muy bien esa sensación. Alguien estaba en casa y debido a los esfuerzos que hacía por respirar, era muy fuerte.
—Que bien que hayas echado a ese chiquillo, me habría dado muchos problemas. Se nota que es sangre de tu sangre y a pesar de estar muerto, se ha convertido en una gran amenaza.
—¡Muéstrate! Sé quién eres. Reconocería tu voz aunque hubieran pasado cientos de años. Haz acto de presencia, Ásdis.
Y así lo hizo. Una neblina oscura descendió por las escaleras hasta arrastrarse a la cocina, donde tomó el aspecto de una mujer. Era una de las espiritistas más poderosas que jamás había conocido. No sólo se podía poner en contacto con los entes del otro lado y abrir portales, sino que con los años había adquirido habilidades espectaculares.
—¿Qué haces aquí?
—Quizás si siguieras dentro del Clan o estuvieras en contacto con tus compañeros, lo sabrías.
—Te eliminé en una ocasión, te causé mucho dolor y créeme, si tengo que volver a hacerlo, no dudaré. Estoy fuera del Clan, Ásdis, quiero llevar una vida normal. Si no tocas a mi familia, no sufrirás, te dejaré ir.
—Muy considerado por tu parte mostrar preocupación por mí, pero la compasión no va conmigo. Te rogué hace años, te imploré y no me diste otra oportunidad. Es hora de devolverte el favor —confesó, mostrando una amplia sonrisa—. He sido paciente. No eres tan fuerte como entonces, te estás consumiendo en esta ciudad y lo sabes. Es mi oportunidad para devolverte el daño que me causaste.
La mujer caminó por delante de Clarence y éste no pudo evitar sentirse embaucado por su belleza y sensualidad. No había visto a una mujer con una piel tan blanca y perfecta; una larga melena caoba, llena de ondas, enmarcaba su rostro ovalado, con unos perfilados labios rojos. Su mirada era intensa, de un precioso avellana… y era tan sensual. Vestía un ajustado corsé celeste con algunos adornos en blanco, seguido de una falda del mismo color. Tenía las uñas pintadas en negro y no tardó en sentir como éstas se incrustaban en su garganta, impidiéndole respirar.
—Estoy eliminando a todos los Guerreros y tú, eres uno de ellos.
Antes de que Clarence pudiera reaccionar, Ásdis posó su boca sobre la de él dejando colar en su interior un espeso humo negro que volvió sus cuencas completamente oscuras. Después de eso, la mujer lo dejó caer al suelo, quien se arrodilló a sus pies y depositó un beso en ellos.
—Tengo planes para tu familia y tú serás un espectador de ello. Estás bajo mi control y harás lo que te ordene.

El hombre asintió en gesto de obediencia y la mujer, desapareció tras convertirse de nuevo en humo negro.